Asado en la calle

—Vamos a almorzar al Centro un asadito que es como bueno. Es un lugar descomplicado, dicen que las mesas son en la calle. Le dije a mi papá un festivo hacia el mediodía, cuando el hambre arrecia.

Don Óscar me miró con desconfianza, propia de haber visitado muchos lugares similares en sus 69 años y de llevarse ciertas decepciones gastronómicas, no por mi consejo, afortunadamente.

—¿En la calle? ¿Y por dónde es?

—Hummm, la verdad no sé el sitio exacto –le repliqué–, pero me lo recomendó una compañera andariega que se mantiene probando lugares nuevos y es hasta de buen gusto. Se llama Luisa y estoy seguro de que no come en sitio malo.

Busqué rápidamente en el celular, Ítaca, entré a Facebook a ver si había más información para calmar su curiosidad y que no se me fuera a quitar del plan.

En servicioooooo… decía la última actualización en la biografía hacía pocos minutos. Punto a favor para mí.

—Queda en Córdoba con Perú, le dije.
—Vamos, pues –aceptó con resignación y hambre, más hambre que resignación–.

La calle, sola como si fueran las 12 de la noche. Un sol ardiendo y el cocinero junto a las brasas, moviendo carbones, colgando una tira de chorizos en un rack de embutidos de varios colores y aromas.

Cinco mesas al otro lado de la calle; dos francesas charlando; un mexicano preguntando los ingredientes de los chorizos. “Voy a montar un restaurante dentro de poco”, escuché que les contaba a dos amigos con los que compartía mesa.

En Ítaca se come buena carne los domingos y se escucha buen tango, en la voz de su propietario.

Un tango de fondo, como banda sonora, y Juan Carlos, el anfitrión, cantando a voz en cuello con sus pinzas en la mano.

Empuja un guaro con un chorrito de cerveza, voltea unas arepas que tiene en la parrilla, mientras una mesera venezolana –una de tantas hermanas bolivarianas que encontramos a diario en Medellín– nos explica el menú.

Aunque se puede escoger lo que quiera entre los ingredientes que tienen disponibles o de temporada, y allá le arman el plato, –gastronomía personalizada es la propuesta–, optamos por el asado: cortes de res, cerdo, costilla, chorizo, arepa, ensalada, papa cocida y madurito.

—¿Ese plato alcanza para dos?” –pregunté–.
—Sí, la porción es suficiente –me dijo la mesera–.

Mi papá seguía incómodo. No le cuadraba del todo lo del asado y las mesas en plena calle.

—¿Esa carne, sí será de hoy? ¿Acá sí viene gente? ¿Y esos chorizos sí serán buenos? ¿Quién fue que te recomendó esto acá?, preguntaba inquieto.
—Andá preguntale a él, corté inmediatamente.
—Me levanto temprano, adobo la carne y la sello para que no sea sino asar cuando abrimos –nos dijo el chef, tan seguro de su talento como que una vez empiezan a llegar los comensales, el voleo no para–.

Dos suculentos platos llegaron a la mesa. Los devoramos inmediatamente. Yo, con convicción. Mi papá, con sorpresa. Su gesto de aprobación y el plato desocupado me dieron tranquilidad.

—Niña, tráiganos por favor otro chorizo –le pedimos a la venezolana–.
—¿Antioqueño, picante, tradicional o curado? –Preguntó–.
—Ya probamos el antioqueño. Denos uno picante. Igual vamos a volver y probamos los demás, –le dijimos–.

Pistas:
Ítaca
Dirección: carrera 42 # 54-60. Córdoba con Perú
Teléfonos: 581 8538 – 320 790 8977
En Facebook: Restaurante Itaca

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Descubrió que el lenguaje era lo suyo en un concurso de sinónimos en cuarto de primaria, en el que quedó segundo, y en las calificaciones de Español de toda la secundaria. Un paso de cinco años por el periódico El Mundo de Medellín incubó en él la pasión periodística y Taller de Edición lo enamoró del diseño y la edición. El deporte ha sido su compañero de vida. Primero fue el fútbol, y ahora es un entusiasta ciclista tardío al que no le puede faltar salir a la ruta los fines de semana.

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