De tamarindos y amores

Ilustración por Sariolett (Sara Rave Ramírez)

Erika y Sergio son los protagonistas de esta historia, una en la que el amor no pudo ser.

“Sí, me gusta mucho. La estoy empezando a querer. El domingo quedamos de salir porque le voy a ayudar a hacer un trabajo y le voy a decir”, me respondió él cuando le pregunté si le gustaba Erika.

Siguió contándome que era muy dulce, que todo el tiempo se reían cuando estaban juntos, que no se parecía ni cinco a su reciente novia que era tan conflictiva y que le había encantado un regalo que le compramos juntos y que él le había dado de cumpleaños hacía unas semanas.

Si no fuera porque se fue a su cuarto a contar cuántos tamarindos tenía para decidir si me regalaba uno, se hubiera quedado más tiempo contándome mil historias de ella porque estaba muy emocionado y feliz. Sin embargo, cuando sentí que venía otra vez para mi cuarto diciendo que solamente tenía dos tamarindos, uno para ella y otro para él, y que por eso no me daba uno a mí, me hice la dormida porque no quería conversar más, tenía mucho sueño.

Unos meses antes, lo había visto lagrimear mientras cantaba un vallenato “olvídala mejor olvídala, arráncala de ti, ya tiene otro amor, olvídala mejor olvídala, arráncala de ti, busca otra ilusión”, cantaba a dúo con Jorge Celedón, montado en un taburete para alcanzar a poner el oído en un bafle que estaba sobre el escaparate de su cuarto.

Todos nos reíamos con descaro porque él no era muy de buenas en el amor y, sin embargo, siempre se entregaba con toda la billetera. Esa vez, si no estoy mal, creo que le pusieron los cachos.

El anunciado domingo de la declaración de amor, yo llamé a Erika muy temprano, eran las 7.30 a. m. Fue el primer teléfono que busqué en una libreta imanada que él tenía en su billetera y que me habían acabado de entregar. Marqué desde un teléfono público. Había cambiado como 2.000 pesos que eran suficientes para hacer unas veinte llamadas.

Contestó un señor al que le insistí que me la pasara, aunque me dijo que estaba dormida. “Dígale que es de parte de Sergio”, le dije.

La despertaron y ella se molestó. Escuché cuando dijo “dígale que estoy dormida, que lo llamo más tarde”.

Insistí, “dígale que es urgente”.

Me contestó ofuscada y muy dormida. Le dije que era la hermana de Sergio y le di la noticia. Ella no podía creerlo, se puso muy triste.

Llamé a todos los que conocía de la libretica imanada, menos a la ex novia de los cachos, que también llegó esa tarde, lloró a gritos y quebró, no sé cómo, el vidrio del ataúd.

A Erika nunca le conté sobre mi conversación con Sergio. Yo estaba tan aturdida por esos días que lo olvidé y nunca más volví a verla. Tampoco le di el tamarindo que él tenía para ella. Me lo comí llorando en silencio cuando lo encontré, una semana después, en el morral verde de LeSportsac que él tenía el día del accidente.

Sariolett (Sara Rave Ramírez)

Diseñadora gráfica amante de la ilustración, los animales y los postres. Le encanta el diseño de personajes, el arte digital y las historias. Sueña trabajar y vivir haciendo lo que más le gusta: dibujar.


Es comunicadora social periodista de la UPB. Ha trabajado en radio, televisión y medios escritos, sobre todo, en el área económica. Le encantan los temas empresariales, hacer informes de gestión y libros. En los tiempos libres, cocina, imita recetas que prueba en restaurantes, viaja y hace tertulias mundanas con sus amigos.

ARTÍCULOS RELACIONADOS