El amor muere a punta de palabras

Si me preguntan cuál ha sido uno de los días más felices de mi vida, elijo uno de esos en los que la felicidad te demuestra que es un estado independiente de los planes mil veces soñados.

Él estaba acostado boca arriba y tenía la cabeza apoyada sobre su mano derecha. Yo estaba recostada de lado y tenía mi cabeza sobre ese huequito que se le formaba, entre la clavícula y el esternón, y que parecía haber sido diseñado para que mi cabeza encajara y yo quedara completamente cómoda.

Habíamos acabado de hacer el amor sin muchas mañas ni poses, pero lucíamos más vestidos que desvestidos. Él tenía una camiseta blanca de algodón nada más y yo, su camisa del día anterior. La cobija nos cubría todo lo desnudo.

Habíamos empezado a flirtear, él llegó a la habitación después de bañarse con agua hirviendo, algo que nunca hacía y yo lo sentí deliciosamente calientico cuando lo abracé para saludarlo, así que me “arrunché” en su cuerpo cogiéndolo a besos sin ninguna intención, pues la faena había sido el día anterior. Llovía y tenía frío, quería calentarme. Terminamos “amándonos”, como le decía él a hacer el amor, y fue tan suave, tan tierno y tan sincero que yo no lo puedo olvidar.

En realidad, no fue hacer el amor lo que me hizo sentir más feliz ese día, fue una sensación de plenitud que me obligaba a mantener una sonrisa, la conversación larga sobre lo que sentíamos y pensábamos sobre temas que nunca conversábamos con otros, los te amo que pronunció mirándome a los ojos y dándome besos cortos por toda la cara, la sensación escasa de que nada faltaba. Eso pasó varias veces, pero recuerdo más esa tarde fría.

Ese sentimiento se perdió en él sin yo darme cuenta. “Fue por el veneno de tu lengua durante una discusión tonta que pasó a mayores”, me explicó él cuando me dijo adiós. Yo no le creí ni pensé que yo pudiera dejarle de importar. No era soberbia, como él creyó cuando se lo dije, sino que para mí lo nuestro era tan maravilloso que no podía entender que él pudiera querer dejarlo atrás.

Él tampoco pudo entender que yo lo amaba igual por lo hirientes que fueron mis palabras ese día en el que la ira me cegó. Discutimos por $70.000 que me debía y no soy capaz de repetir lo que le dije para acabarlo y ganar la pelea. Yo no vi la fuerza del veneno de mi voz ese día en el que todo murió.

“Estabas en el mejor lugar de mi corazón, pero fue como si una mano te hubiese sacado de allí, como si fueses un muñequito de plástico que luego se puso en la mesa o se tiró a la basura, lo cierto es que te saliste mi corazón”, me explicó cuando me dijo adiós para siempre, un día en el que también llovió, esa vez a cántaros, y en el que yo me quedé congelada.


Es comunicadora social periodista de la UPB. Ha trabajado en radio, televisión y medios escritos, sobre todo, en el área económica. Le encantan los temas empresariales, hacer informes de gestión y libros. En los tiempos libres, cocina, imita recetas que prueba en restaurantes, viaja y hace tertulias mundanas con sus amigos.