Entre gafas e historias

La calle Boyacá en Medellín, entre Junín y Palacé, comienza su actividad comercial a las 6.00 a.m. Don Mario Ospina es uno de sus personajes destacados, con su carisma y sentido del humor se ganó el cariño de sus clientes.

Un cajón de tablas de madera, una vieja maleta de viaje, dos recortes rectangulares de espuma roja y una silla plástica verde es lo que necesita don Mario de Jesús Ospina para trabajar a un costado de la iglesia La Candelaria, en la calle Boyacá entre Junín y Palacé, donde de lunes a sábado de 6.00 a.m. a 5.00 p.m. ofrece a los transeúntes gafas para leer, ver de lejos o de cerquita. 

Su puesto, al frente de la Notaría 18, es ordenado y limpio. Sobre el cajón está la maleta abierta con las espumas, en las que con mucho cuidado pone su mercancía: en el lado izquierdo están las gafas de pasta, en el derecho las de acrílico y bifocales y en el medio las “portátiles”, que se guardan en un pequeño estuche y se abren y cierran fácilmente.

Además de las gafas, don Mario pone sobre la maleta su billetera, bolsas pequeñas, servilletas, un espejo rectangular, una hoja plastificada con letras de diferentes tamaños y una bolsita negra con un frasquito de sándalo –según él, traído de Italia–, con el que frota sus manos varias veces al día para atraer la buena suerte, alejar las malas energías y la envidia de la gente.

Don Mario tiene más de 70 años, piel rojiza, ojos azules y muy buen sentido del humor, le gusta hacer chistes de lo que pasa en ese callejón. Con sus ocurrencias hace reír a sus vecinos: pueden ser chistes de los restaurantes, de la comida, de las gafas o de los novios que llegan a la Notaría 18 y ve nerviosos, a quienes “deberían darle media de guaro para que se tranquilicen”.

De cariño llama a sus clientes los “cieguitos” y cada tanto da tres palmadas y dice duro “¡que se vengan pues los cieguitos, los quiero ver!”. Muchas veces son personas que dejaron las gafas en la casa, las botaron en el bus o se les dañaron el día anterior y las necesitan para trabajar o estudiar. Casi siempre tiene para todos.

Cuando no está atendiendo, le gusta tomar tinto caliente y charlar con su vecina, que como la mayoría de comerciantes de ese callejón vende películas. Le cuenta un poco de su vida: tiene seis hijos, en 1974 se separó de su primera esposa porque “era una mujer mala, me había amarrado”, de niño fue muy indisciplinado, tanto que no terminó la primaria y mejor se puso a trabajar, lo hace desde los 10 años. En Támesis, de donde es oriundo, le ayudaba a su papá a cortar caña, arriar bestias y recoger café, también trabajó como escolta, conductor y otros oficios que lo hacen sentir orgulloso porque “nunca me he quedado quieto, yo me le mido a todo”.

De no ser así, seguro ya no vendería más gafas y se quedaría en su casa en Aranjuez viendo partidos de tenis y uno que otro de fútbol, o conversando con su hijo Carlos Mario, su nuera Marta y tres de sus nietos sobre su juventud y sus aventuras por Bogotá, Valledupar, Santa Marta e Ipiales, o por qué no, rememorando los viajes que hizo por Italia, Francia, Alemania, Bélgica y España cuando era escolta de una viuda con mucho dinero.

Pero no, don Mario sigue levántandose a las 4.45 a.m., se organiza y antes de las 5.30 a.m. coge un bus de Aranjuez que lo deja en el edificio de la Contraloría General de Medellín, desde donde camina hasta llegar a ese pedacito de la calle Boyacá, la 51, para instalar su negocio y esperar que sea un día de “muchos cieguitos”.


Comunicadora social – periodista. Disfruta de las cosas pequeñas: leer un buen libro mientras viaja en metro, caminar sobre hierba, tirarse en una terraza a ver las estrellas, comer un helado o ir a cine sola. Las novelas históricas y las crónicas la atrapan con facilidad, lo mismo que un partido de fútbol o uno de tenis.

ARTÍCULOS RELACIONADOS