La casa de mis abuelos

Recuerdo que cuando tenía unos siete años, conocí a Laura Pausini. La conocí a través de sus letras melancólicas y su maravilloso acento. Era Semana Santa y, como de costumbre, mi familia y yo nos fuimos para Pereira a visitar a mis abuelos paternos. Cada viaje era la dicha: ver la luna desapareciendo y el sol dando sus primeros destellos, seguir en pijama, con los ojos adormilados acostada en una cama improvisada, hecha de cobijas y almohadas en la parte de atrás del carro. A mi lado, mis tres hermanos, igual de anestesiados que yo. Al mando de la tripulación, mi papá y a su hombro, esforzándose por no cerrar los ojos, mi mamá, quien ponía la música, nos preguntaba si nos faltaba algo, anunciaba las paradas. Era la dicha, aunque la edad no nos dejara predecir que, con los años, anhelaríamos que el tiempo no fuera tan fugaz.

Entonces, después de seis horas llegábamos. A los mismos corredores, al mismo baldosín, a los mismos cuadros y retratos, a la misma casa intacta: llegábamos a la casa de los abuelos, de la aguapanela con leche, del dulce de guayaba en el almuerzo, del pan recién hecho por las tardes. La casa de aquel olor particular que los recuerdos forman después.

Yo entraba siempre a la misma habitación, donde se encontraba un oso café de caucho que quería casi igual que a mis abuelos. No sé cuántas veces les pedí que me lo dejaran llevar y todas esas y una más, me respondieron que no. Estaba yo, entonces, saludando al oso y cantándole a un cepillo redondo y negro Marco se ha marchado para no volver, el tren de la mañana llega ya sin él, cuando mi papá entró para entregarme un casete. Esa caja guardaba la voz de Laura, las canciones que yo llevaba tarareando varios días, la música que, más tarde, relataría mi infancia.

No recuerdo qué reacción tuve, pero sí la alegría inmensa y prolongada que  sentí. Eso suelen tener las emociones: aunque no evoquemos bien sus matices, su rastro es eterno.

El tiempo, en su generosidad, me ha dado la respuesta de los tantos “no” de mis abuelos: regalarme el oso era quitarme la ilusión de llegar a donde ellos, de tener un lugar que solo pertenecía a mí dentro de aquella casa. También, me ha dejado ver cuán inmortal es un casete cuando cuenta nuestra historia.

Dicen que antes las personas dejaban sus relojes como herencia. Simbólicamente significaba entregar tiempo, donarlo. Pronto es diciembre y pienso en qué darle a los que quiero, cómo hacer para regalar tiempo y no espacio; eternidad y no brevedad.


La escritura es mi acuerdo con la vida.

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