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Los pies sobre el piano, el oficio de ser embolado...

Los pies sobre el piano, el oficio de ser embolador

–Embolador es cuando uno va y le quita la ropa a la mujer –dice José Muñoz y suelta una carcajada mientras sus ojos desaparecen entre las cejas espesas y las mejillas redondas. El título real del oficio es “embellecedor de calzado”, pero él y sus colegas responden por cualquiera de los nombres: lustrabotas, embolador e incluso boleros, como les dicen en México y algunos de sus clientes más viejos.

En plena avenida La Playa el calor se intensifica por el smog que se pega bajo la ropa y los ocho lustrabotas que aún permanecen en el puesto cerca a Sucre –una estructura metálica con 12 sillas– se refrescan, algunos, ventilándose con el periódico, otros, se rocían agua de una botella tipo spray.

Falta poco para que sea mediodía y Roberto Segura solo ha hecho tres lustradas. Añora los tiempos de hace más de 30 años cuando un viernes, a esta misma hora, llevaba 15 clientes. En esa época cada lustrada valía 1 peso, con una sola que hiciera podía comerse un desayuno con arroz, fríjoles, carne, huevo frito, arepa con mantequilla, una taza de chocolate y le sobraban 30 centavos –y ahora para meterme eso tengo que hacer como cuatro lustradas.

Una mujer tiene los zapatos de su esposo en una bolsa, se los entrega a Álvaro Zuleta para que se los embetune. La mujer se sienta sobre una de las bancas, coge uno de “los Colombianos” y se pone a leerlo. Álvaro, siempre jovial y atento, le explica paso a paso cómo es la lustrada y le expone las bondades de embetunar los zapatos cada tanto. La mujer, sin dejar de ojear el periódico, asiente sin interés:

Álvaro, siempre jovial y atento, le explica paso a paso cómo es la lustrada y le expone las bondades de embetunar los zapatos cada tanto.

Limpiar el zapato con un cepillo de dientes para quitar el polvo. Quitarle el betún viejo con “líquido 11-25”. Esparcir el betún con cepillo. Dejarlo secar. Coger el otro zapato, hacerle lo mismo. Regresar al primero y “encharolarlo” con los dedos para asentar el betún. Pasarle el cepillo brillador. Para pulir el zapato: coger una tela de pañal con agua, betún y 11-25. Para brillarlo: solo pasarle un pedazo de trapo, a la americana. Volver al otro zapato. Van 15 minutos y son 2.500 pesos.

Algunos cueros son opacos, solo necesitan limpieza y que se les pase grasa de potro, que humecta el cuero para que no se raje y lo deja oscuro, como nuevo. Otros clientes solo piden que les echen betún y los que tienen tenis, champú para quitarles la mugre.

Es hora del almuerzo. Solo Roberto Segura regresa con un plato de comida que compró en alguno de los locales vecinos. Los demás siguen atendiendo a los clientes, comerán ahora, otros no, como Álvaro Zuleta que pasa el día a punta de banano con leche, porque si se gasta el sueldo almorzando en la calle, no le queda plata para llevar a la casa.

Si les va muy bien se ganan 30 mil pesos al día, pero no todo les queda libre porque deben reponer los betunes cada 15 días, comprar a diario El Colombiano para atraer a la clientela, invitar a algunos clientes a tinto o a cigarrillos, más los pasajes.

“¡Hágale amigo!” es como invitan a los transeúntes a sentarse en los puestos, algunos se acercan, la mayoría pasa de largo. Jesús Suárez prefiere un “pase joven”, aunque su cliente sea un jubilado. Su estrategia de mercadeo parece ser efectiva, por eso le dicen Piraña, porque se lleva todos los clientes.

Jesús es el más joven de los lustrabotas, tendrá unos 34 años, el resto pasa de los 60. Él es el único que aprendió el oficio por herencia, los otros, sin falta, aprendieron viendo. Su papá aprendió la técnica en Pereira, vio a un muchacho lustrando y se metió en el cuento, cuando se casó le enseñó el oficio a su esposa y así sostuvieron a sus ocho hijos.

Hace más de 15 años sus papás le enseñaron las técnicas y los trucos para ser embellecedor de calzado. Le entregaron: ocho cepillos, un banquito para que los clientes descansen el pie que no se está lustrando, una banquita y un cojín para que él se siente y, lo principal del oficio, la caja de lustrar o el “piano”, como también le llaman, donde se guardan todos los implementos y donde el cliente pone el pie para que procedan a acicalarle el zapato. Los betunes corren por cuenta de Jesús.

Los colores más recurrentes del betún son el negro y el café; los más escasos, el azul y el uva. Algunos clientes tienen zapatillas color miel. Antes, para lograr ese tono mezclaban betún café con amarillo, ahora no es necesario porque salió una marca –que no se sabe si es china o japonesa– que da un color muy bonito, asegura Álvaro.

A las siete de la mañana los embellecedores de calzado ya están enfilados en Sucre con La Playa esperando su ronda de tintos con las zapatillas pulidas y embetunas, para dar buena imagen. Por llevar todo el día lustrando y toda la vida brillando prefieren pagar los 2.500 para que un compañero les haga el favor.

No dejan de trabajar porque todavía tienen que sostener a la familia y no hay otro empleo que no se ensañe con su edad. Trabajarán hasta que el cuerpo les dé. Tienen un turno autoimpuesto hasta las 6:30 de la noche, cuando se van a sus casas.

Roberto le pide a José una hoja del periódico y una candela. A un cliente se le “metió un viento” y es necesario sacárselo enrollando la hoja del diario en forma de cono, metérsela en el oído, encender la punta y esperar a que el viento decida salir.

Todo porque los clientes son la razón de su oficio, sin ellos no hay lustrabotas. Por eso atienden con sello de calidad al que se siente en la silla de madera: abogados, policías, ejecutivos, jubilados, hasta gente peligrosa que se les acerca y, en medio de una lustrada, les ofrecen negocios raros, que nunca han aceptado.

Algunos clientes regatean el precio y logran bajarlo a dos mil. Cliente es cliente, a ellos lo que les importa es dar un buen servicio y procurar no ensuciarles las medias, para que vuelvan donde ellos. –Lo importante aquí no es el metal, sino la satisfacción del cliente para que venga y lo busque a uno –dice José.


Cuando era niña, su mamá tenía que contarle cuentos inventados para que aceptara comer. Después de hacer las tareas del colegio, su papá le ponía voces a los personajes de los libros que leían juntos. De ahí nació su gusto por la escritura y la lectura. La cotidianidad la enamoró del periodismo. Le gusta contar historias reales y ficticias.

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