LEYENDO

Prado, la segunda vida de lo desechado

Prado, la segunda vida de lo desechado

Justin tiene ocho años, el pelo revuelto y viste zapatos Crocs y camisilla blanca. Es jueves, son las once de la mañana y Justin debería estar estudiando. Los maestros salieron a paro porque el Gobierno no les mejora las condiciones laborales.

Con la escuela cerrada su padre no tiene dónde dejarlo y le dice que lo acompañe al trabajo. El padre de Justin tiene un puesto ambulante de papas fritas y esa mañana fue por los lados de la Placita de Flórez a vender el aceite quemado “antes lo botaba, pero ya me lo compran, quién sabe para qué”.

Ya que estaban cerca invitó a Justin a los bajos de la estación Prado del Metro para que se distrajera un rato comprando juguetes. A la sombra del viaducto no hay nada parecido a una juguetería. Más de mil lonas se extienden sobre el suelo con objetos dispares y contradictorios sobre ellas: biblias de Dios Habla Hoy, celulares robados, películas porno, tacones sin tacón, pelucas, muñecas con extremidades que no les pertenecen. Basura de unos convertida en sustento.

Montañas de ropa usada, juguetes sexuales, cables, herramientas oxidadas, antigüedades de cobre, ¡un carro de Ben 10! Justin que tiene buen ojo ha recolectado cinco carros en muy buen estado durante la mañana. “Esos carros de Hot Wheels, nuevos, valen por ahí 10 mil pesos, aquí valen mil”. –Hey, amigo, ¿a cómo el carrito? –a 700 pesos –tengo 500 –la cara de resignación del vendedor es luz verde para el padre de Justin que le entrega una moneda–. Luego de una mañana provechosa es hora de volver al negocio. Justin se despide agitando la bolsa negra donde guarda su botín.

Los pregones de los vendedores de tinto, guarapo, mazamorra y bazuco se elevan disonantes entre los compradores que van de afán. En las calles que rodean la estación, los carros dejan una estela de smog espesa que enferma a los que trabajan por allí. El sol agrieta la mercancía, la lluvia hace imposible vender.

Los que venden mercancía llegan a las seis de la mañana a buscar los artículos que dejan guardados en bodegas cerca a la estación. Extienden la lona en el puesto que los compañeros le reconocen como suyo. Tardan cerca de una hora en poner todo en orden. Alistan sus sillas Rimax o taburetes de la casa. Se sientan a esperar. Muchos, como Omar, se dedican todo el día a reparar lo que venden.

Omar siempre fue embellecedor de calzado, ahora se dedica a comprar por mil o dos mil pesos zapatos usados, a repararlos y luego venderlos. Si les faltan costuras, los cose; si están rotos, los pega con pegaloca; si están desgastados, los pinta con tinta y luego los embetuna y pule. “Los que más vienen son los obreros, a ellos no les importa si el zapato está bonito o feo, lo importante es que sirva”. –Buenas, ¿cuánto vale el zapatico? –ese ahí vale 9 mil –el hombre se lleva el dedo a la boca en actitud reflexiva. –Se lo dejo, pues, en 5 mil –Hmmm, gracias. El hombre se va.

Hay puestos que están organizados sin ton ni son. Una marea de óxido y polvo. Otros puestos están meticulosamente organizados por tamaño, color, tipo, como el de Nelson. Él vende toda clase de juguetes pequeños, accesorios para celulares y maquillaje. Los sábados recorre la Loma de Los Bernal “y esos barrios que uno sabe que es de gente pudiente” y busca entre la basura algo que pueda rescatar. Limpia los juguetes y los acomoda uno por uno, procurando que su puesto quede estéticamente agradable. Llega, como los otros, a las seis de la mañana, pero solo comienza a vender oficialmente al mediodía cuando termina de arreglar la mercancía. Repite lo mismo toda la semana, “menos los sábados que me dedico a reciclar”.

Un extranjero encontró una chaqueta Harley-Davidson, presuntamente original, se la prueba y la cara se le ilumina. Un hombre que inhala sacol está junto a una niña que ve una muñeca de Frozen –sí, le falta una pierna, por eso se la estoy dejando barata, a 5 mil. Eso se pega, con cuidado, con bicarbonato y pegaloca. Un joven se rasura el pelo del ombligo para probar una máquina de afeitar eléctrica. Una mujer dice que después vuelve, “porque por allí una señora me fía”. Empieza a oscurecer, los puestos comienzan a desaparecer. La noche en ese lugar pertenece a otros.


Cuando era niña, su mamá tenía que contarle cuentos inventados para que aceptara comer. Después de hacer las tareas del colegio, su papá le ponía voces a los personajes de los libros que leían juntos. De ahí nació su gusto por la escritura y la lectura. La cotidianidad la enamoró del periodismo. Le gusta contar historias reales y ficticias.