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Yo estaba en La Habana cuando murió Fidel

Yo estaba en La Habana cuando murió Fidel

El 25 de noviembre de 2016 yo bailaba en La Habana, mientras el dictador más recordado de estas latitudes exhalaba su último suspiro.

De niña pasé muchas horas frente al televisor, consumiendo ávidamente casi cualquier cosa que transmitiera la caja mágica. En una de esas maratones televisivas vi por primera vez a ese hombre de barba encanecida y voz gruesa al que los noticieros le seguían la pista más que al resto de presidentes de la comarca.

Volví a saber de él cuando tenía aproximadamente 14 años. Fue una época en la que leí mucho periodismo y en una de esas llegó a mis manos La hora final de Castro, más de 400 páginas escritas por el  periodista argentino Andrés Oppenheimer, producto de haberse instalado en la isla durante seis meses.

El autor vaticinaba el final de la era de Castro en la isla más grande del Caribe. A 25 años de su lanzamiento sabemos que el periodista se desfasó por amplio margen en sus predicciones y que a Fidel nadie, sino la muerte, le dio el pitazo final. Una muerte natural, excesivamente tranquila para un hombre con sus antecedentes. Una muerte virtual, porque en Cuba todo sigue como si El Comandante no estuviera ya deshaciendo los pasos.

Durante muchos años la Cuba pintada por Oppenheimer en su libro fue la Cuba que tuve en mi cabeza.

Durante muchos años la Cuba pintada por Oppenheimer en su libro fue la Cuba que tuve en mi cabeza. La que te dotaba con un rollo de papel higiénico al mes, la que enseñaba a sus niños a escribir con odas al dictador, la sin libertades, la pobrecita, miserable e infeliz Cuba que no había podido huir de una fatalidad anunciada.

Así fue hasta que descubrí la música cubana y sentí curiosidad por visitar esa isla de la que tanto se habla pero de la que hay tan pocas certezas. En mi primera tarde en La Habana la dureza del régimen se me plantó de frente. En el Paseo de San Rafael un grupo de hombres comenzó a gritar en contra de los hermanos Castro,  algunos se unieron a la arenga, la mayoría guardó silencio rodeando a los opositores y esperando el predecible final. Los policías arrastraron a los inconformes delante de la multitud, a una detención injusta pero legal. Fue la primera vez que vi la escena, pero no ha sido la única y, seguramente, no será la última.

El Comandante se pasea por toda la isla. Se dibuja en las paredes, se lee detrás de las sentencias pintadas a mano en los muros, se cuela en las historias de los cubanos.

Una semana fue suficiente para enamorarme de ese lugar en el que las contradicciones rebosan tanto como la música y el ron. Entendí que la literatura se queda corta y que ninguna crónica lograría jamás transmitir la realidad de la vida de los cubanos. La vida cubana se siente, se vive, se respira: describirla es un desperdicio de palabras.

El Comandante se pasea por toda la isla. Se dibuja en las paredes, se lee detrás de las sentencias pintadas a mano en los muros, se cuela en las historias de los cubanos. Omnipresente, como un gran hermano que aún con la escasez de internet, lo escucha y lo ve todo.

Siempre iba un paso adelante. No es gratuito que haya sobrevivido a los años más tensionantes de La Guerra Fría y que haya soportado el peso político, económico y social del embargo. Entregarle el poder a su hermano Raúl fue una jugada maestra que garantizó que su era no terminaría ni siquiera con la inevitable muerte. Fidel, que tantas veces actuó como un ungido por los dioses, se aceptó mortal diez años antes del final. Dicen que las cosas se parecen a su dueño y Cuba es un país tan terco y obstinado como él, porque ni siquiera debajo de la tierra, Fidel deja de incomodar al mundo.

Como fue amor a primera vista, regresé por segunda vez seis meses después, en noviembre de 2016. El itinerario comenzaba en La Habana, pasaba por Cienfuegos, Trinidad, Matanzas, Varadero y terminaba nuevamente en La Habana. Al turista se le olvida que detrás del calor y la fiesta permanente, existen un pueblo con una historia única en este lado del mundo y el dictador con uno de los mandatos más largos del que se tenga registro.

Nunca le pregunté a ningún cubano por Fidel, ni por la revolución. Debe ser agotador, hostigante y hasta ofensivo, ser cuestionado por gente ajena que se cree con la potestad de juzgar, de mirar desde arriba, de declarar con desconocimiento cuál sistema es mejor que el otro, cuál vida es más llevadera. Vanidad ciega, porque este planeta se ha desarrollado a punta de injusticias.

Llegó el momento

La noche del 25 de noviembre de 2016 comenzó desde temprano, como es costumbre en la fiesta habanera. Arrancamos con la matiné de El niño y la verdad en la Casa de la Música de Miramar, a las seis de la tarde. Pero yo esperaba ansiosamente el concierto de Elito Revé y su Charangón, en el Salón Rosado Benny Moré de La Tropical. En Colombia y en el mundo ya se especulaba sobre la salud de el Comandante, pero en Cuba no supimos nada o nadie nos lo quiso decir.

Elito Revé es una de las orquestas cubanas más tradicionales y famosas de la actualidad. Por sus filas pasaron músicos reconocidos como Chucho Valdés, Juan Formell y Yumurí, quienes por su cuenta siguieron engrandeciendo después la música cubana. El concierto se ofrecía en el marco del festival Baila en Cuba, una fiesta que reúne a bailadores de casino de todo el mundo al ritmo de las mejores orquestas cubanas contemporáneas en una semana de clases de baile y conciertos a granel.

Entré al Salón Rosado justo cuando Elito Revé tocaba su primera canción. Eran aproximadamente las once de la noche. Fidel había muerto hacía media hora, pero no para los que estábamos en el Salón. Cubanos y extranjeros bailábamos incansablemente al aire libre, la Elito era la orquesta más esperada de la noche y del festival, que ya estaba en sus últimos días.

Entré al Salón Rosado justo cuando Elito Revé tocaba su primera canción. Eran aproximadamente las once de la noche. Fidel había muerto hacía media hora, pero no para los que estábamos en el Salón.

Pasaron entregando un volante con la invitación para celebrar los 60 años de la orquesta al día siguiente, una fiesta que reuniría a grandes músicos por solo 15 dólares. Estos eventos son un espectáculo sin igual en la isla, pues por muy poco dinero tocan los mejores músicos en el mismo escenario, como si todo el país fuera una sola orquesta. Yo no podía creer que iba a estar en la celebración de las seis décadas de semejante tromba, y a riesgo de salir enguayabada y muerta para el aeropuerto en la madrugada del domingo, decidí que ese aniversario ocuparía mi última noche en La Habana.

Comenzó a sonar la canción por la que yo estaba esperando, un dúo con los reggaetoneros Yomil y El Dany que destila sabor y que estaba recién sacada del horno. Abruptamente la orquesta paró. Todos nos miramos sin entender lo que pasaba durante unos segundos que no tengo nítidos en mi recuerdo. La verdad es que me alcancé a ilusionar con la idea de que el par de reggaetoneros iban a saltar a la tarima, pero nada sucedió: seguía el silencio inexplicable.

Fue como recibir un baldado de agua helada. Los rostros de todos cambiaron. Por mi cabeza pasaron mil posibilidades. No podía ser que justamente a mí me tocara vivir en carne propia uno de los momentos más importantes de la historia reciente.

Elito Revé Jr., hijo del fundador y actual director de la orquesta, tomó el micrófono. Voy a parafrasearlo, porque sus palabras exactas no las recuerdo: “Tengo que darles una noticia trágica para Cuba y para el mundo. Acaba de morir nuestro comandante en jefe, Fidel Castro Ruz”. Fue como recibir un baldado de agua helada. Los rostros de todos cambiaron. Por mi cabeza pasaron mil posibilidades. No podía ser que justamente a mí me tocara vivir en carne propia uno de los momentos más importantes de la historia reciente.

¿Qué vendría ahora? ¿Y si nos encierran en este país? ¡Jueputa! La incertidumbre de no saber cómo había muerto Fidel puso a trabajar mi imaginación a tope. Salir de allí y llegar a la casa donde nos hospedábamos fue mi prioridad cuando reaccioné de ese letargo fatalista. Subí las escaleras buscando la salida, vi gente llorando, se cogían la cabeza a dos manos, llamaban a sus familiares y amigos para contarles la noticia. Era una tragedia: el desconsuelo y la incertidumbre casi se podían tocar.

Encontramos un taxi en el que nos acomodamos los diez del grupo. La Habana seguía tranquila, ventajas impensadas de un país en el que las noticias todavía no se riegan como pólvora. Raúl Castro anunció la muerte de su hermano mayor por televisión, pero es que los cubanos no viven pegados a ese aparato con tan limitada oferta de programación. Y es que no hay un televisor en la casa de todos los cubanos. Y es que además era viernes en la noche…

Logré conectarme a internet por dos minutos y avisé en Colombia que todo estaba tranquilo. Dormí, con la imaginación neutralizada pero con la emoción que a cualquier periodista le da estar en el lugar y el momento indicado.

La mañana del sábado parecía normal. Como todos los días fui a comprar una cerveza en la esquina. Pregunté por la edición del Granma de ese día pero todavía no circulaba. No habría celebración de los sesenta años de la Elito Revé. Las banderas, que abundan en la isla, lucían exhibidas a media asta. No sonaba música en los bicitaxis ni en los almendrones, La Habana fue una desconocida para mí esa tarde de noviembre de 2016.

No sonaba música en los bicitaxis ni en los almendrones, La Habana fue una desconocida para mí esa tarde de noviembre de 2016.

Sesenta años atrás, el 25 de noviembre de 1956,  Fidel partió desde México con 81 barbudos exiliados de la isla a bordo del Granma. Regresaban a Cuba, a insistir con su revolución. Con apenas tres décadas a cuestas, el joven Fidel no imaginaba que moriría de viejo a los 90 años y bajo su propia ley, en la isla que le quitó el sueño hasta el último de sus días.

En la feria artesanal del Puerto de La Habana una voz femenina ordenó por altavoz silenciar las claves y los bongoes. Ha muerto El Comandante y apenas era el primer día de los nueve que se declararon de luto nacional. Nueve días sin eventos públicos, nueve días sin venta de licor, nueve días en los que la televisión cubana hablaría exclusivamente de la vida y obra del Comandante fallecido. Nueve días de una Cuba que no se reconocía, que no era ella.

Compré un par de pinturas. El artista se sintió en confianza y me contó, sin preguntárselo, que estaba de celebración por la muerte de ese hombre que había sido una desgracia para Cuba. Una parte de la población no se siente identificada con su discurso revolucionario ni se creen en la obligación de defender una revolución manoseada y sin sentido a estas alturas de la historia.

De regreso a la casa fui por otra cerveza, en el mismo lugar de todos los días y de esa misma mañana. La respuesta fue un sermón revolucionario que no me esperaba. “¿No sabes que en Cuba estamos de luto? Por favor, respeta. Ha muerto el Comandante y para mí es como si hubiera muerto mi padre”, me dijo el hombre de ojos azules, visiblemente indignado. Me disculpé y en lugar de cerveza compré una botella de agua. El tipo no tenía más de cincuenta años y no conocía un país diferente a este, el que ese día les heredaba Castro.

Elizabeth, la dueña de la casa donde me hospedo, había conseguido El Granma que yo había buscado infructuosamente toda la tarde. Prendí el televisor y estuve alternando entre los únicos dos canales que sintonizaba la antena ilegal: en uno, festejaban los exiliados de Miami; en el otro, un compungido hijo de Fidel Castro hablaba sobre su padre, su vida y obra.

Hubo, sin embargo, algunos osados, como el bicitaxista que pasó a la media noche con música a todo volumen. Supongo que celebraba, aunque también pensé que quizás, esa era su manera de hacerle duelo al Comandante.

Me quedaban algunas cervezas en la nevera así que me senté en el balcón a tomarme una. Ese silencio, de nuevo, enrarecía tremendamente a la ciudad en la que la fiesta es un habitante más. Hubo, sin embargo, algunos osados, como el bicitaxista que pasó a la media noche con música a todo volumen. Supongo que celebraba, aunque también pensé que quizás, esa era su manera de hacerle duelo al Comandante.

La causa exacta de su muerte no se reveló, alimentando el hálito de  misterio que rodea a esos personajes que, como Fidel, uno termina deshumanizando y convirtiendo de a poco en leyenda. El Comandante no se dejó ver en el lecho de muerte, el sepelio de nueve días que comenzó en la Plaza de la Revolución y que terminó en Santiago de Cuba el 4 de diciembre, se hizo ante una caja con sus despojos mortales. Más le vale a un dictador nunca mostrarse débil, ni siquiera después de muerto.


Estudié para ser periodista, no para pensar el mundo digital, pero un par de jugadas del destino me llevaron a él. Viajo cada que puedo: cualquier excusa es válida para decirle sí a un paseo. Colecciono labiales, bailo salsa y canto mientras escribo.